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Enfermedades infantiles

Roséola, la fiebre de los tres días

  • 9 de Enero, 2019 12:15 PM
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Roséola, la fiebre de los tres días
Se llama también ‘sexta enfermedad’ porque fue descrita en este orden dentro de las enfermedades exantemáticas propias de la infancia -.Agencia

La roséola, exantema súbito o ‘fiebre de los tres días’, es una infección vírica típica de la infancia, especialmente en los niños pequeños, de seis meses a tres años. El cuadro clínico es muy característico: fiebre elevada (de hasta 39-40 grados) durante tres días, y aparición de una erupción cuando desaparece la fiebre en forma de manchas rosadas que no producen picor. Es una infección banal que no necesita un tratamiento específico y se resuelve de forma espontánea en menos de una semana.

Se llama también ‘sexta enfermedad’ porque fue descrita en este orden dentro de las enfermedades exantemáticas propias de la infancia (es decir, las que producen sarpullido en la piel y fiebre). Las otras son escarlatina, sarampión, rubeola, varicela y eritema infeccioso. De éstas, sólo la escarlatina está producida por una bacteria y se trata con antibióticos; las demás son enfermedades víricas.

Causas de la roséola

La roséola es una infección vírica producida por dos tipos de virus herpes, el virus herpes humano 6 (80-90% de los casos) y el virus herpes humano 7 (en el 10-20% restante). Según las series varía entre 70-90%, pero en cualquier caso es el herpes 6 el que es mucho más frecuente. Estos tipos de virus herpes son de la misma familia que los que producen el herpes labial, la varicela o el herpes zoster, aunque tienen distintas características que estos.

Prácticamente todos los niños pasan la roséola en la infancia, ya que es una infección muy contagiosa. Es raro que aparezca en lactantes menores de seis meses, porque hasta esa edad suele haber anticuerpos maternos que han pasado a través de la placenta y ejercen una función protectora en el bebé.

El virus que produce la enfermedad afecta únicamente a humanos. Como el resto de virus herpes de su familia, una vez pasada la infección se quedan dormidos en el organismo, y los adultos que la han pasado, incluso sin haber tenido síntomas, pueden eliminar el virus a través de las vías respiratorias, infectando a los pequeños. Lo mismo ocurre con los niños que ya han pasado la enfermedad. Las infecciones ocurren durante todo el año, sin un patrón estacional característico. Por eso es tan frecuente, debido a su elevada contagiosidad. La buena noticia es que se resuelve sin complicaciones. La roséola es siempre una infección adquirida, no congénita.

El periodo de incubación de la roséola es largo, de unos 7-10 días; durante esta fase el bebé afectado puede tener síntomas catarrales inespecíficos (tos escasa, algo de mucosidad…).

Lo más típico es que la sintomatología de la roséola se inicie de forma muy brusca, con fiebre muy alta (de hasta 39 o 40ºC), manteniendo en todo momento el bebé buen estado general. La fiebre suele durar entre tres y cinco días (lo habitual son tres días). A diferencia de otras infecciones más graves, el niño afectado se muestra contento y activo, sin pérdida de apetito (tan sólo un poco más decaído cuando tiene la subida de fiebre).

Esta fiebre tiene un patrón muy característico, y es que de la misma manera que se inicia bruscamente, también desaparece de repente: el bebé pasa de estar con fiebre altísima a estar completamente afebril.Unas 24 horas después de que se haya ido la fiebre aparece el exantema o sarpullido típico de la roséola. Es una erupción de manchas rosadas, no sobreelevadas, en la piel, que se localizan en cara, cuello, tronco y raíz de extremidades. Suele desaparecer en uno o tres días sin que haya descamación de la piel, a diferencia de otras enfermedades similares. El sarpullido no suele producir picor.

Además del cuadro catarral, la fiebre y el sarpullido, con la roséola pueden aparecer adenopatías, que consisten en la inflamación de los ganglios linfáticos del cuello.

Aunque no es un síntoma propio de la roséola, se pueden producir con más frecuencia convulsiones febriles, debido al rápido ascenso de la fiebre. De hecho, la roséola es la causa del 10-15% de las convulsiones febriles en la infancia. Sin embargo, éstas son benignas y no implican riesgo de epilepsia en el futuro.

El diagnóstico de la roséola es fundamentalmente clínico, es decir, que se basa en la exploración del niño afectado por parte del médico. Aunque el tipo de sarpullido es bastante típico, lo cierto es que los padres suelen acudir al pediatra antes de que éste aparezca, consultando solamente por la fiebre elevada que aparece al principio. La labor del especialista será descartar la presencia de síntomas sugestivos de otras enfermedades que causen fiebre elevada (amigdalitis, infección de orina…) y que requieren un tratamiento específico con antibiótico.

En un niño mayor de seis meses con fiebre elevada pero buen aspecto general y en el que no hay foco para la fiebre, se puede dar tratamiento sintomático con antitérmicos y esperar a ver cómo evoluciona el cuadro. Cuando las manchitas aparecen el diagnóstico ya está más que claro, aunque en ese momento el bebé ya suele estar perfectamente.

De hecho, la clave que la distingue de otras afecciones exantemáticas más importantes (escarlatina, rubéola, sarampión…) es que el sarpullido aparece solamente cuando el pequeño afectado ya no tiene fiebre, a diferencia de las demás, en las que el exantema aparece cuando la fiebre está presente.

Sólo en algunos casos determinados, como por ejemplo en pacientes con afectación del sistema inmunológico (leucemias, inmunodeficiencias) se realizará un examen de confirmación a través de una serología, es decir, mediante la detección en sangre de los anticuerpos activos frente al virus que indicarían que se ha padecido recientemente la roséola.

Una vez pasada la roséola se adquiere inmunidad permanente, con lo que ya no se volverá a pasar la enfermedad.

Tratamiento de la roséola y prevención

El tratamiento de la infección por roséola es sintomático, ya que no hay un tratamiento específico para este problema. Los antitérmicos, analgésicos y antiinflamatorios, como el ibuprofeno y el paracetamol, son los más utilizados para calmar los síntomas típicos de esta enfermedad.

En el caso de que aparezca una convulsión febril por ascenso rápido de la fiebre, se recomienda a los padres intentar bajarla por medios físicos (como por ejemplo poner compresas con agua tibia en frente, nuca y axilas) y acercarse al centro de salud más cercano, donde se administrará medicación rectal (diazepam) que hará que la convulsión cese rápidamente. En ocasiones se derivará al niño al hospital para tenerlo en observación. La presencia de crisis febriles no implica riesgo de epilepsia, aunque sí que pueden repetirse los episodios de fiebre elevada en otras infecciones. Por eso, si un bebé tiene el antecedente de una convulsión febril, se suele dar a los padres diazepam rectal para que lo administren ellos en casa si le vuelve a ocurrir.

No existe vacuna para la roséola, por lo tanto, la única forma de evitar su contagio es la prevención: para ello es fundamental lavarse correctamente las manos, utilizar pañuelos de papel cuando se está resfriado, y mantener una higiene adecuada en las guarderías. Pese a todo, casi la totalidad de los niños la han pasado a los tres años de edad.

Con información de Agencia

 

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