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¿Qué es el slow parenting o la crianza lenta?

  • 14 de Febrero, 2018 10:52 AM
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¿Qué es el slow parenting o la crianza lenta?
Ir por la vida a paso lento no significa ser pasivos, ineficientes o perezosos, sino hacer las cosas en el momento apropiado -.Agencia

Como los guisos más deliciosos, los niños también se deben ir haciendo a fuego lento: sin prisas en el día a día, adquiriendo aprendizajes a su ritmo, sin saltarse etapas, y disfrutando de tiempo libre no planificado ni estructurado, incluso con momentos de aburrimiento. Éstos son algunos de los pilares del slow parenting, un tipo de crianza que intenta luchar contra la rapidez de esta sociedad tan competitiva, que nos presiona y nos aboca a una carrera constante hacia la perfección.  

Si sois unos padres helicóptero, es decir, esos hiperpadres que quieren que sus hijos hagan de todo y siempre están planeando por encima de ellos, quizás sea hora de cambiar vuestra filosofía y empezar a practicar poco a poco una paternidad diferente. Tan solo debéis intentar adoptar una actitud más pausada frente a la vida, no ejercer tanta sobreprotección sobre vuestros pequeños, atender a sus necesidades y deseos reales, y procurar pasar con ellos un tiempo de calidad. 

Emplearos a fondo en cultivar el arte de la paciencia y ¡saboread la vida!

La filosofía slow aplicada a la crianza de los niños

Ir por la vida a paso lento no significa ser pasivos, ineficientes o perezosos, sino hacer las cosas en el momento apropiado y de la mejor manera posible o, como lo define Ana Etchenique, miembro de la asociación Slow People (www.slowpeople.org): “dar prioridad a la calidad, saborear lo bueno”. Partiendo de ahí, la filosofía slow engloba muchos ámbitos: desde el pedagógico o el social, al cultural e incluso el gastronómico. De hecho, el slow food (defensa de los productos naturales y las recetas locales, deleite con la comida y comercio justo) nació en Italia allá por los años 80 y es la semilla del movimiento.

Hoy por hoy la filosofía slow es ya una actitud frente a la vida que se extiende a nivel mundial: está bastante consolidada en los países nórdicos y en los países anglosajones, y está cogiendo mucha fuerza en América Latina. En España también ha calado hondo, e incluso hay una red de ciudades slow.

Concretamente en lo relativo a la crianza de nuestros hijos, lo primero que debemos tener claro es que los padres (y secundariamente los demás cuidadores y educadores) somos su ejemplo, y que la educación funciona principalmente por imitación; por lo que esta vida slowdebe empezar en nosotros mismos. destaca Ana Etchenique; aunque aclara que “a veces estamos muy atrapados y es complicado fren “El mensaje verbal no vale. Hay que ser coherentes porque de qué sirve decirles que estén tranquilos y calmados, si nosotros vivimos deprisa”,ar, pero lo importante es tener conciencia de ello e intentar vivir más despacio cada vez que podamos”.

Precisamente esto es lo que le sucedió al periodista y escritor canadiense Carl Honoré, que es el gurú anti-prisas y embajador del movimiento slow por todo el mundo. De repente se dio cuenta de que tenía que tomarse la vida de otra manera al percatarse de que quería leerle a su hijo los cuentos deprisa, para que se durmiera. A partir de ahí cambiaron sus prioridades y empezó a vertebrar toda esta forma de vida, en la que se procura que la falta de tiempo no nos haga perder la paciencia y hacer las cosas mal.   

Para comenzar a practicar el slow parenting empecemos por una de sus claves principales: respetar los ritmos de crecimiento de nuestros hijos. Los niños se destetan, aprenden a dormir solos, a comer de forma autónoma, a dejar de usar el pañal, a andar, a hablar, o a entretenerse solos, cuando están preparados, no cuando nosotros lo necesitamos. Les estamos planificando y estructurando el desarrollo y los procesos de maduración desde la más tierna infancia. Y como los primeros años son fundamentales en la configuración de la personalidad, tenemos que poner todos nuestros esfuerzos en que los avances y los aprendizajes se vayan haciendo y afianzando bien; despacio y seguros. 

En este sentido es interesante reflexionar sobre una idea que plantea Ana Etchenique, de la asociación Slow People: “los niños se toman su tiempo en hacer las cosas, raramente son precipitados; el concepto de tranquilidad lo tienen de manera natural”. Ellos no están pendientes del reloj constantemente, su concepto del tiempo es relativo, y no saben distinguir entre unos minutos o una hora. Hacen las cosas según su propio ritmo. Entonces, simplemente hay que procurar no entrometernos para forzarlos o acelerarlos. Precisamente “una de las ventajas, de los deleites de esta filosofía de lo lento y de llevar una vida sin prisas, es observar a los niños de nuestro entorno y poder disfrutar de verdad de su evolución”, concluye Ana Etchenique.

Otro de los puntos fundamentales del slow parenting es saber gestionar bien el tiempo que dedicamos a los niños, tanto en cantidad como en calidad. La sociedad actual está pensada para rendir mucho, para producir muchas cosas, y cuanto más deprisa, mejor. Y a causa de ello cada vez nos queda menos tiempo para la vida familiar y, el que le dedicamos, lo hacemos cansados. Pero nuestros hijos nos necesitan, y cuanto más pequeños aún más. Somos su fuente de cariño y seguridad.

Así, la clave está en buscar más ratos en los que la vida no nos exija apresurarnos, y paladearlos; como señala Ana Etchenique: “cuando llega el final del día, el fin de semana, o unas vacaciones, tenemos más libertad de ser lentos de verdad”. En esos momentos hay que estar con nuestros hijos al cien por cien. No sólo físicamente a su lado viendo una película, por ejemplo; sino implicados de verdad. La filosofía slow destaca por encima de todo esa calidad: olvidarnos de las prisas y las preocupaciones y entregarnos a nuestros pequeños, mostrándoles nuestro afecto. Esos momentos ya no volverán y hay que sacarles todo su jugo. 

A esto hay que sumar la comunicación; sentarnos con ellos a hablar y darles explicaciones “la prisa es negativa, no explicar las cosas con calma puede dar lugar a equívocos. Hay que crear el clima para que los críos hagan preguntas y dar tiempo para que todo quede redondeado y que no queden flecos. Cualquier tema contado con calma y con entusiasmo capta el interés de los niños. Pero para eso hay que vivirlo, creértelo. Todo se queda dentro si no tienes tiempo para sacarlo”,  señala la experta de la asociación Slow People.

Observemos a los niños, veamos lo que realmente les interesa, y aprendamos de ellos, que tienen mucho que enseñarnos.

El tiempo libre de nuestros hijos es otra de las cuestiones a abordar para lograr el slow parenting o la crianza a fuego lento. Tienen que disponer de un ocio suficiente y de calidad, con actividades que respondan a sus inquietudes e ilusiones, e incluso con momentos de aburrimiento. Su tiempo libre no debe estar tan estructurado por nosotros, ni lleno de demasiadas actividades que les lleven a ser más exitosos y que les exijan estudiar más y conseguir cada vez más objetivos; esto es una fuente de sobrestimulación y estrés para ellos.

Hay que buscar un equilibrio. Por supuesto que necesitarán aprender inglés o informática, pero como indica Ana Etchenique, de la asociación Slow People, hay que potenciar más su imaginación, darles oportunidad de que inventen cosas y apostar por la creatividad: “en vez de ver un vídeo, que se inventen ellos una película y la graben, que escriban historias, que hagan las ilustraciones de un cuento que han leído. Eso es divertido y necesita de tiempo y sosiego. Actividades creativas y relajantes como el dibujo, las artes, o incluso la jardinería o modelar barro, son muy interesantes. Los niños siempre deben tener papel y lápices a mano, para poder expresarse de esta forma. Y la lectura es primordial: leer es perderte en el tiempo”. 

También será beneficioso que hagan ejercicio y actividades que les ayuden a relajarse, como el yoga infantil, para hacer frente a ese ritmo de vida frenético al que a veces están sometidos.  

En definitiva, lo importante es que sean ellos los que llenen gran parte de sus ratos de ocio con cosas que les gusten, y que nunca falte el componente lúdico, que es algo esencial para el desarrollo global de los niños. El juego debe estar presente siempre en su día a día, aunque se vayan haciendo mayores. Y, según la filosofía slow, que sea un juego libre sin mucha intervención adulta y con menos juguetes comerciales, en beneficio de más oportunidades para la imaginación.

Además, esta forma de vida lenta apuesta por más contacto con la naturaleza y menos con la tecnología. “En la tecnología es todo mecánico y no da lugar a cantidad de habilidades que les hacen falta a los niños. Un ordenador se debe tomar como una herramienta con muchas posibilidades, pero hay que usarlo bien y aprovecharlo para lo que nosotros queramos lograr”, indica Ana Etchenique.

En cambio, la naturaleza es un lugar que les encanta a los niños. Es el escenario perfecto para la diversión y el juego libre, para curiosear, para respirar aire limpio, y también para sosegarse. En palabras de Carl Honoré, padre intelectual del movimiento slow, “la naturaleza actúa como un bálsamo calmante”.

Según numerosos estudios e investigaciones, los niños cada vez sufren más estrés, incluso en edades muy tempranas (desde los cinco o seis años). Ya de por sí esto es preocupante pero, además, hay que tener en cuenta que ellos no lo pueden gestionar como los adultos y les afecta en lo emocional y también en su rendimiento escolar. Ana Etchenique, de la asociación Slow People, lo tiene claro: “el enemigo de la humanidad es el estrés. El movimiento slow es una reacción a esta vida tan absurda que llevamos”.

Efectivamente uno de los principales objetivos del slow parenting o esta crianza más lenta es alejar a los niños, en lo posible, de ese estrés. Los padres no debemos trasladarles nuestras prisas y nuestras preocupaciones, sino velar porque disfruten de su infancia. Ya tendrán tiempo de ser adultos.

Alejar las prisas proporcionará un montón de beneficios para nuestros hijos: 

  • Teniendo más tiempo pueden explorar el mundo a su ritmo y aprenden a correr riesgos y a cometer errores.
  • Dándoles la oportunidad de reflexionar despacio aprenden a pensar por sí mismos. Con las prisas sólo hacen lo que se les dice, sin plantearse el porqué de las cosas.
  • Si no se les carga de tantas tareas están más descansados y disfrutan más de lo que hacen. Si están agotados no rinden bien (en la escuela o en cualquier actividad que emprendan) y esto también les lleva a aburrirse con mayor facilidad.
  • Las prisas y el estrés hacen que los adultos nos portemos con ellos con más brusquedad y gritemos, se generen malos modos, e incluso discusiones. Los ratos pausados son propicios para tratarles con afecto y demostrar el verdadero amor que sentimos por ellos. Esto fortalecerá su autoestima.
  • Desacelerar e ir al ritmo de los niños, en vez de obligarles a que ellos sigan nuestro ritmo, evitará comportamientos hiperactivos.

Y lo mejor es que todos estos beneficios son duraderos, permanecen a largo plazo, y consiguen que nuestros hijos tengan una personalidad fortalecida y se conviertan en unos adultos más felices.

Con información de Agencia

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