Navidad
Fecha 20/12/2011 07:28:00 p.m.
Otra vez la Navidad, y uno siente que los días más esperados del año pasan muy rápido. Tanto esperar, apenas se escuchan las primeras gaitas y se ven los primeros panes de jamón, mucho antes de Diciembre, y ya estamos en la víspera de Navidad y Año Nuevo. Lo que más disfruto de este tiempo es mi fácil viaje a la niñez y sus recuerdos, que incluyen sabores, olores y sonidos. Cuando yo era muy pequeño, como a los ocho años de edad, recuerdo que mi mamá hacía hallacas para vender. Eran larguísimas jornadas que entraban muy hondo en la madrugada. En una faena, mi mamá podía hacer hasta 300 hallacas, en un proceso que como es bien sabido incluye diversas etapas desde que se escogen y se limpian las hojas de plátano. Eran muchos días haciendo hallacas.
Es la hallaca, gran expresión de venezolanidad y familia, precisamente por la complejidad y el carácter colectivo que demanda su elaboración. Todos tienen que integrarse en el hogar. Pero, en mi experiencia personal, este plato tiene otra connotación adicional: el legado del esfuerzo y compromiso de mi mamá al liderar cada año a un equipo cohesionado en el amor y en la tradición. Mi responsabilidad siempre fue amarrar las hallacas. De tanto hacerlo, confieso con toda humildad que soy un experto en la materia. Una hallaca amarrada por mí queda cuadradita y con el cruce del pabilo bastante simétrico. Aquellas hallacas "especiales" - las que no llevan gallina - , eran marcadas con un tira de la misma hoja. Las "especiales" sin gallina solían ser las mías, ya que, aunque no lo crean, no como carnes que no sean de res, cerdo o pescado. La razón es muy sencilla. Desde niño, iba todos los domingos a casa de mi abuela y me encariñaba con los animales del corral. El problema es que veía lo que ocurría con pollos, gallinas y conejos que vi crecer, hasta que eran convertidos en "suculentos" platos dominicales. Increíble, ¿no?, manías de la infancia.
Pero les confieso que así como encuentro en la hallaca y su elaboración familiar un sabor simbólico muy vigente, hoy hecho de menos muchas cosas. No sé que piensan ustedes, me gustaría conocer sus comentarios, pero siento que en el tiempo algunas tradiciones tienden a debilitarse. Lo estético, por ejemplo. Extraño en esta Navidad, aquellas decoraciones que uno podía encontrar en cuanto local comercial, institucional o vivienda se pudiera visitar. En bancos, oficinas públicas y privadas y hogares, era muy común ver hermosos nacimientos, algunos de grandes proporciones. Quizás mi sensación es producto de la premura con que acometemos cada día, cuando queda la impresión de que hoy el tiempo avanza mucho más rápido que antes. Quisiera ver más pesebres, pinos, balcones y fachadas de casas y edificios iluminados.
Allí pueden estar las razones para sentir que, posiblemente, ahora la Navidad y el Año Nuevo se nos van más rápido. En todo caso, lo más importante y hermoso de ésta época en que celebramos el nacimiento de Jesús es, precisamente, no olvidar esos aspectos esenciales que nos llaman al reencuentro con nosotros mismos, con nuestras familias y amigos. En definitiva, la Navidad y el Año Nuevo, inevitablemente nos pasean por la nostalgia, el recuerdo de quienes ya no están y la ferviente petición a Dios porque nos acompañe en el destino más favorable en salud y oportunidades de crecimiento.
Quisiera, cercanos amigos que me siguen por esta vía, que también reservemos un espacio para Venezuela, en nuestros deseos y aspiraciones. Que estos días nos permitan asumirnos en colectivo, pensar en los otros, como parte del país y los sueños comunes. El próximo año será exigente, no sólo para comunicadores y medios; será un año de compromiso para todos. Así que les doy las gracias por este viaje que compartimos, día a día, en la voluntad y anhelo de un mejor futuro. Hagamos el esfuerzo por no perder el foco de los detalles esenciales de la Navidad, aquellos que trascienden lo material. Que los mejores y más duraderos regalos provengan del corazón. Hasta una próxima entrega,¡con más ideas en el morral!
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@edurodriguezg